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El maestro

Como de costumbre, despertó antes de que saliera el sol. No es que no estuviera cansado, pero las últimas semanas le habían mantenido en un estado de euforia permanente. Trabajando hombro con hombro con el maestro, sintiendo que se acercaban de forma irresistible a la consecución de su sueño.

No es fácil pegar ojo cuando uno está a punto de convertirse en el primer hombre volador de la historia.

Drei llevaba con el maestro algo más de dos años, desde que éste lo compró en la feria de esclavos. ‘Un genio reconoce a otro cuando lo encuentra, chico’ le explicó mientras caminaban hacia el que sería su nuevo hogar. ‘Y el trabajo que nos espera necesita las mejores mentes del mundo’.

Cuando estuvo listo para comenzar a ayudar en el taller, la fiebre del viento ya había consumido a Drei. Igual que otros hombres persiguen de manera obsesiva dinero, mujeres o poder, el maestro y él perseguían la habilidad de volar. Y con ella, la inmortalidad. ‘Está en la condición humana, chico’ - solía decirle el maestro - ‘desde que tenemos memoria hemos soñado con surcar los cielos. El primero que lo consiga dejará su huella en la historia como nadie lo ha hecho antes’. Este tipo de reflexiones eran habituales en el maestro, especialmente después de un día duro de trabajo mientras contemplaban el atardecer.


Se encontraron poco después del amanecer, en lo alto de la colina que usaban para probar los prototipos. El silencio era una presencia más mientras maestro y aprendiz ensamblaban el artefacto volador prestando atención a cada detalle, comprobando todo por duplicado. Un silencio nervioso, juvenil, en el caso de Drei, y más oscuro y pesado en el caso del maestro. Posiblemente, pensó Drei, está pensando en todos sus esfuerzos. En los errores cometidos. Temeroso del éxito, asqueado del fracaso.

A partir de comentarios y retazos de conversaciones Drei calculaba que el maestro había construido entre veinte y treinta prototipos antes que éste. Entre un prototipo y el siguiente pasaba tiempo estudiando e investigando hasta que daba con una nueva idea prometedora, momento en el que comenzaban largos meses de duro trabajo, como Drei había descubierto.

Para él era su primer intento, y una extraña sensación en el estómago le decía que también sería el último. Sentía con una intensidad jamás conocida que aquel era el día más importante de su vida. Se fijaba en cada detalle, intentaba memorizar cada elemento, cada gesto, cada palabra. Estaban haciendo historia.


Finalmente, todo estaba listo. La rampa de lanzamiento, en lo alto de la colina, la zona de aterrizaje abajo, junto al taller, y el maniquí subido y asegurado al aparato. Midieron la velocidad del viento por última vez. Comprobaron los engranajes y los seguros por última vez. Se miraron por última vez. Y lo lanzaron.

El aparato se precipitó hacia abajo como una exhalación, haciendo que un sudor frío cubriera a Drei por todo el cuerpo, pero unos segundos después comenzó a elevarse. Ascendió, elegante y equilibrado, y acompañó a la corriente hasta el punto calculado de aterrizaje.

Los minutos habían parecido segundos... tenían un aparato volador. Ahora solo faltaba un hombre volador.


Menos de una hora después se encontraban de nuevo con el prototipo en la cima de la colina, pero esta vez el jinete era Drei.

Es algo que uno no sabe hasta que lo intenta, pero ser el primer hombre volador de la historia es sencillamente aterrador. El sudor recorría su espalda, las piernas le temblaban, los ojos se le iban, una y otra vez, a las afiladas rocas en la ladera de la colina. Quizás deberían hacer más pruebas. O al menos intentarlo otro día.

‘¿Preparado para hacer historia, hijo?’. Las palabras le cogieron por sorpresa. Drei nunca había conocido a su padre, y el maestro era lo más parecido que había tenido en su vida, pero hasta ahora ninguno de los dos lo había verbalizado.

Le había liberado, le había educado. Le había incluso dado su nombre, Drei, lo primero que había sido verdaderamente suyo y de nadie más en toda su vida. Tragó saliva. Miró al maestro. Asintió con la cabeza. Saltó.

Sintió que el aire le recibía como un viejo amigo, que le abrazaba y le ayudaba a ascender igual que el maniquí lo había hecho antes que él. Sintió que conocía las corrientes, que había llegado a casa. Justo antes de sentir su joven cuerpo quebrarse contra las rocas.


El ruido de voces le despertó. Estaba en cama, y las voces pertenecían al maestro y al médico. ‘...nunca más?’ ‘Me temo que no, maestro. Sus brazos y manos han quedado muy dañados con el impacto, seguramente intentó amortiguar el golpe con ellos. No volverá a trabajar en el taller.’ ‘Entiendo. Haz como siempre.’ ‘...algún día iremos al infierno por esto’ ‘No te pago por filosofar.’

Sin volver a mirar el camastro, el maestro abandonó el cuarto tomando notas en un legajo a la vez que caminaba.


‘El chico no ha sufrido’ se repetía a sí mismo el médico mientras se lavaba la sangre de las manos. ‘El chico no ha sufrido’.

‘El chico no ha…’ El peso del metal nuevo en sus bolsillos relegó las jóvenes lágrimas al olvido.


‘Buenas tardes maestro. ¿Lo de siempre, un chaval joven y despierto, que sepa leer?’ ‘Eso es.’

El mercader de esclavos contempló la espalda del chico mientras se alejaba con su mejor y más antiguo cliente. Esclavos de lujo, uno cada dos años… ¿qué demonios haría con ellos?


‘Un genio reconoce a otro cuando lo encuentra, chico.’ comenzó el maestro mientras se alejaban por el camino ‘Y el trabajo que nos espera necesita las mejores mentes del mundo. En adelante te llamarás Drei’ ‘¿Quién es Drei, maestro?’ ‘Mi aprendiz es Drei. Y ahora tú eres mi aprendiz, así que ése es tu nombre. ¿Te gustan los pájaros, Drei?’ ‘Sí, maestro’.

Alberto Gimeno

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